Hay personas que guardan fotografías. Otras conservan documentos, cartas o viejos objetos. Y hay personas como Novelino Borio, que a sus 99 años llevan dentro una parte de la historia de Eduardo Castex.
Casi un siglo mirando el mismo horizonte pampeano.
Novelino nació en el campo, en la zona de Castex. Allí transcurrieron sus primeros años y después su familia se trasladó hacia otro establecimiento rural, en dirección a Arata. El campo no fue simplemente su lugar de nacimiento: fue su casa, su trabajo y una manera de entender la vida. Permaneció ligado a él durante más de tres décadas antes de instalarse definitivamente en el pueblo.
Cuando se le pregunta cómo era aquel Castex que conoció siendo niño, la respuesta parece sencilla, pero encierra buena parte de su cariño por el lugar.
“Era como es ahora, vamos a decir, pero mucho más chico”.
Había menos casas, menos comodidades y otra forma de vivir. Pero para Novelino existe algo que atravesó las décadas: “Castex sigue siendo el mismo pueblo”. Entre las imágenes de aquel tiempo aparece inevitablemente el ferrocarril. “Pasaba el tren y ahora no pasa nada”, recuerda al enumerar algunos de los enormes cambios que presenció.

Cuando el campo estaba lleno de gente
El paisaje rural que guarda Novelino en la memoria es muy diferente al actual.
Las viviendas eran sencillas. Recuerda casas de adobe, pocas habitaciones y una vida sin muchas de las comodidades que hoy parecen indispensables. También recuerda años generosos y otros extremadamente duros, cuando el cielo se cerraba y la lluvia no llegaba.
“No llovía, no llovía”, repite.
El cultivo dominante era el trigo. Novelino estima que representaba alrededor del 80 por ciento de lo que se sembraba. Vio trabajar las antiguas espigadoras, después las cosechadoras tiradas por caballos y, finalmente, la llegada de las máquinas automotrices. También recuerda a los contratistas que venían cosechando desde Buenos Aires y Santa Fe, avanzando detrás de la maduración del cereal hasta llegar a estas tierras.
Pero quizás la transformación más profunda no estuvo en las máquinas.
Estuvo en la gente.
“En la colonia había mucha gente”, cuenta Novelino. Donde hoy pueden pasar kilómetros antes de encontrar una vivienda habitada, antiguamente las familias rurales eran vecinas cercanas. A veces el campo siguiente comenzaba a apenas dos mil metros.
Había encuentros, cooperación y visitas.
Una costumbre simple que Novelino recuerda con particular cariño era ir a visitar al vecino. Después, aquel vecino devolvía la visita. Quizás pasaba un mes; quizás menos. No hacía falta una ocasión especial.
Era, sencillamente, la manera de encontrarse.

Los bailes, la vitrola y las noches interminables
Si había un acontecimiento capaz de movilizar a las familias del campo eran los bailes.
No existían con la frecuencia actual. Se esperaban las grandes fechas: el 25 de Mayo, el 9 de Julio, los carnavales. También las cooperadoras escolares organizaban encuentros para juntar fondos destinados a las escuelas.
Los bailes podían comenzar alrededor de las ocho de la noche y extenderse hasta las tres o cuatro de la madrugada. Había cantina, música y familias enteras compartiendo la misma celebración.
Novelino recuerda salones con piso sencillo, galpones de chapa y un palco reservado para la orquesta. Sonaban trompetas y acordeones. Y cuando una canción gustaba mucho, el público aplaudía hasta conseguir que los músicos volvieran a tocarla.
Dos veces.
Tres veces.
No había listas digitales ni parlantes gigantes. En las reuniones particulares alcanzaba con una vitrola a cuerda.
¿Y qué se bailaba?
Pasodobles, rancheras, valses y tango.
“El tango era lo que más se bailaba”, recuerda.

“Éramos diez hermanos y quedé yo solo”
En una conversación llena de recuerdos aparece también el silencio inevitable que deja el paso del tiempo.
Cuando le preguntan qué extraña de aquella época, Novelino no idealiza el pasado.
“No extraño nada, porque en aquel tiempo no teníamos nada tampoco”, responde.
Y después agrega una frase que cambia el tono de toda la charla:
“Lo único que extraño es mi familia. Éramos diez hermanos y quedé yo solo”.
Son apenas unas palabras. Pero detrás de ellas hay padres, hermanos, sobremesas, trabajos compartidos, alegrías y despedidas acumuladas durante casi un siglo.
Quizás por eso, cuando habla de lo que siente que se perdió con los años, Novelino vuelve una y otra vez a conceptos sencillos: la tranquilidad, el respeto, los amigos, los vecinos y la familia.
“Había más respeto y la familia… se estaba más con la familia”, recuerda.
En aquellos bailes, precisamente, no iba solamente el joven que quería divertirse. Iba la familia completa. Y en los campos, asegura, prácticamente todos se conocían.

Venir a Castex no era cuestión de unos minutos
Novelino también fue espectador del deporte castense.
Recuerda el fútbol y las bochas, aunque llegar hasta el pueblo no tenía nada que ver con subirse a un vehículo y recorrer unos pocos kilómetros.
“Siempre existió Racing, Estudiantil”, señala al hablar de sus visitas a las canchas.
Desde el campo se venía como se podía. Los caminos, las distancias y los medios disponibles convertían cada viaje en algo que debía planificarse.
Las bochas tenían además un fuerte vínculo con las escuelas rurales. Durante las jornadas organizadas por las cooperadoras había partidos y competencias, y todo lo recaudado ayudaba al sostenimiento de las instituciones educativas.
El Castex que recibe nuevamente a los que se fueron
Entre tantos aniversarios, Novelino conserva especialmente el recuerdo de una gran celebración realizada años atrás.
Ese día ocurrió algo que para él tuvo un significado especial: regresaron castenses que llevaban décadas viviendo lejos.
Familiares suyos habían partido hacia Buenos Aires durante años difíciles y construido allí sus vidas. Para aquel festejo volvieron.
“Vino mucha gente que se había ido hacía veinte años y no había vuelto acá. Y ahí volvieron”, recuerda.
Tal vez pocas imágenes expliquen mejor lo que significa pertenecer a un pueblo.
Uno puede marcharse, construir una vida a cientos de kilómetros y pasar décadas sin caminar sus calles. Pero cuando llega el momento de regresar, hay lugares que siguen sintiéndose propios.

99 años mirando a Castex
Este 20 de septiembre, Eduardo Castex cumple 118 años.
Novelino Borio vivió 99 de ellos.
Vio un pueblo pequeño transformarse. Vio pasar el tren. Conoció campos llenos de familias. Trabajó cuando la agricultura dependía de herramientas que hoy sobreviven principalmente en fotografías y museos. Bailó con orquestas, escuchó tangos en una vitrola, recorrió caminos rurales cuando llegar al pueblo era todo un viaje y vio cómo aparecieron nuevas casas, vehículos, servicios y comodidades.
También vio partir a familiares, amigos y vecinos.
Sin embargo, cuando habla de Castex no hay nostalgia amarga. No pide regresar a aquel tiempo de privaciones. Al contrario: reconoce cuánto mejoraron las condiciones de vida.
Su mirada está puesta hacia adelante.
Al finalizar la charla se le pide un saludo para los castenses en este 118° aniversario.
Novelino piensa unos segundos y deja un deseo sencillo:
“Yo deseo que esto siga mejorando, que se resuelvan muchos de los problemas que hay hoy”.
Y enseguida agrega una frase que, pronunciada por alguien que atravesó prácticamente un siglo de historia, adquiere otro peso:
“Ustedes tienen que vivir. Eso es lo que más quisiera”.
A sus 99 años, Novelino no habla solamente del Castex que fue.
Habla, sobre todo, del Castex que todavía queda por construir.
Porque los pueblos también están hechos de eso: de calles, edificios e instituciones, pero fundamentalmente de personas.
Y mientras existan voces como la de Novelino Borio capaces de contar cómo se vivía, cómo se trabajaba, cómo se bailaba y cómo se quería en aquel Castex de antaño, una parte de esos 118 años de historia seguirá estando viva.
