Hay despedidas que no caben en una palabra. Despedidas que se sienten en el pecho, que hacen temblar la voz y que obligan a mirar hacia atrás para descubrir cuánto de nuestra vida quedó repartido entre las personas que conocimos.
Eso fue lo que vivió María Fernanda Otero el pasado viernes 30 de octubre, cuando atravesó por última vez, como docente, las puertas de la Escuela N° 227 de Eduardo Castex.
Para muchos fue la despedida de una compañera de trabajo. Para otros, el retiro de una docente comprometida. Pero para cientos de personas que alguna vez compartieron un aula con ella, fue algo mucho más profundo: la despedida de la querida seño Fer.
Una maestra que no solo enseñó a leer, escribir o resolver problemas. Una mujer que construyó vínculos, acompañó infancias, compartió historias y dejó una parte de su corazón en cada escuela que recorrió.
Y, sobre todo, alguien que tuvo que luchar mucho para cumplir aquel sueño que parecía tan sencillo cuando era una adolescente: ser maestra.

Un sueño que comenzó entre dificultades
La historia de Fernanda con la docencia empezó mucho antes de pisar un aula como educadora.
A fines de 1988, cuando terminó sus estudios secundarios, tenía una certeza: quería dedicar su vida a enseñar. Su primera ilusión era estudiar para maestra jardinera, pero eso significaba trasladarse a General Pico.
La situación económica familiar y el deseo de no afectar las posibilidades de sus cuatro hermanos menores la llevaron a tomar otro camino. Decidió quedarse en Eduardo Castex e ingresar al Instituto Terciario, donde comenzó a estudiar el profesorado de enseñanza primaria en 1989.
Sin embargo, había una dificultad mucho más profunda que la acompañaba desde su niñez.
A los ocho años había sufrido una meningitis que le dejó importantes secuelas en la visión. Con el paso del tiempo, esas dificultades se acentuaron, hasta convertir algo tan cotidiano como leer un apunte en un verdadero desafío.
Pero Fernanda no estaba dispuesta a renunciar.
Su padre conseguía hojas amarillas en Santa Rosa porque ese color le facilitaba la lectura. Ella llevaba una lámpara a clases para iluminar mejor sus apuntes. Y cuando sus ojos ya no le permitieron continuar estudiando de la manera habitual, apareció una red de amor que sería decisiva para su futuro.
Su abuela Chocha Castro y su abuelo Emilio Fantini dedicaban tardes enteras a leerle el material de estudio. También lo hacían su mamá, hoy fallecida, su papá, que es no vidente, y sus hermanos.
Fernanda escuchaba, memorizaba, comprendía y estudiaba a través de las voces de quienes la querían.
Mientras su familia le prestaba sus ojos para estudiar, ella ponía todo su corazón para seguir adelante.
Durante la carrera tuvo su primera cirugía oftalmológica, que le permitió recuperar parte de la visión. También encontró compañeras y profesores que la acompañaron, comprendieron sus dificultades y la ayudaron a continuar.
A lo largo de su vida debió atravesar tres intervenciones oftalmológicas, la última en 2023, y todavía continúa realizando controles médicos.
Nada de eso consiguió apagar su vocación.

El 8 de agosto de 1993: el comienzo de una historia
En julio de 1993, después de cuatro años de esfuerzo, Fernanda finalmente recibió su título docente.
Apenas unas semanas después, el 8 de agosto, llegó su primera suplencia como maestra de actividades prácticas en la Escuela Hogar de Conhello.
Fue el comienzo de un recorrido que la llevaría por numerosos establecimientos educativos y distintas localidades pampeanas.
Carro Quemado, La Maruja, Trenel, Conhello, Monte Nievas y Winifreda fueron algunos de los destinos de sus primeros años. Pero General Pico y Eduardo Castex se convirtieron en los dos grandes escenarios de su carrera.
Aquella época no ofrecía demasiadas facilidades para conseguir trabajo. Las suplencias podían durar apenas unos meses y, cuando terminaban, había que volver a esperar una nueva oportunidad.
Fernanda aprendió a convivir con esa incertidumbre.
Durante años viajó a General Pico en colectivo. Conoció las largas esperas, las rutas cortadas por las inundaciones, los cambios de recorrido y las dificultades para regresar a su casa. En ocasiones llegó a trasladarse en bicicleta hasta la estación de servicio para conseguir alguien que la llevara.
Trabajó en escuelas alejadas del centro de la ciudad, aceptó suplencias que otros evitaban y recorrió kilómetros con una convicción que nunca abandonó.
No importaba cuánto hubiera que viajar ni cuántas dificultades aparecieran. Del otro lado siempre había un aula esperándola.
En 2010 llegó uno de los momentos más importantes de su carrera: consiguió titularizar en la Escuela N° 66 de General Pico. Allí encontró compañeros que, con los años, se transformaron en grandes amistades.
Tres años después, en 2013, pudo regresar definitivamente a Eduardo Castex.
La Escuela 227, una parte de su vida
Su llegada a la Escuela N° 227 marcó una etapa muy especial.
Durante muchos años se desempeñó como maestra y compartió jornadas de trabajo que, frecuentemente, continuaban por la tarde en otros establecimientos.
También pasó por la Escuela N° 44, la Escuela N° 251, la N° 195, instituciones de apoyo a la inclusión y distintos niveles educativos.
En 2023 asumió la vicedirección de la Escuela 227, integrando junto a Laura el equipo de gestión institucional.
Pero Fernanda nunca dejó de sentirse, por encima de cualquier cargo, una maestra.
Porque los años pueden cambiar las responsabilidades, los espacios y las funciones, pero hay algo que permanece intacto: esa emoción particular de encontrarse con los chicos, acompañar sus aprendizajes y ser parte de sus vidas.
Y fue precisamente en la Escuela 227 donde construyó muchos de los recuerdos que hoy se lleva consigo.

Cuando enseñar también significa aprender
Otra experiencia que marcó profundamente su camino comenzó en 2018, cuando ingresó a la educación de adultos.
La modalidad la entusiasmó tanto que decidió volver a estudiar. Entre 2018 y 2020 realizó una nueva formación y, en agosto de ese último año, en plena pandemia, se recibió como maestra de ciclo para adultos.
Allí compartió experiencias especialmente significativas con estudiantes egresados de una escuela de apoyo a la inclusión.
Fernanda recuerda esa etapa con una sensibilidad particular.
No solo pudo enseñarles. Ellos también le enseñaron a ella.
Le mostraron otras maneras de comprender la vida, de mirar la sociedad y de valorar las pequeñas cosas.
Juntos participaron en ferias de ciencias, realizaron viajes y construyeron vínculos que fueron mucho más allá del aula. Incluso hoy mantiene contacto con algunas de aquellas alumnas y sus familias.
Su última etapa laboral también incluyó al Colegio Secundario Licenciado Hugo Peinetti, donde durante los dos años recientes se desempeñó como coordinadora de ciclo básico y, posteriormente, como auxiliar docente.
Allí vivió otra de esas circunstancias que parecen cerrar un círculo perfecto: reencontrarse con adolescentes que habían sido sus alumnos cuando eran pequeños en la Escuela 227.
Los había conocido como niños y ahora podía acompañarlos en una nueva etapa de sus vidas.
Para ella, ese reencuentro fue uno de los regalos más hermosos de su profesión.
El último día y las huellas de toda una vida
El viernes 30 de octubre llegó el momento que, quizás, durante tantos años había parecido lejano.
El último día de trabajo.
La última jornada en la escuela.
El cierre de una vida laboral atravesada por desafíos, sacrificios, aprendizajes y muchísimas satisfacciones.
En los días de su despedida, Fernanda recibió incontables muestras de afecto. Mensajes, abrazos, palabras de agradecimiento y recuerdos compartidos le permitieron dimensionar algo que hasta ese momento no había imaginado.
Había dejado muchas más huellas de las que creía.
Y fue ella misma quien encontró las palabras para expresar lo que estaba sintiendo:
«Soy una agradecida de la vida porque nunca pensé que hubiese dejado tantas huellas en mi camino como seño y la verdad que el amor recibido de mil y una formas en estos días me lo demuestran».
Quizás esa sea una de las mayores recompensas que puede recibir una docente: descubrir, al final de su recorrido, que su trabajo no terminó cuando sonó el timbre, que sus enseñanzas permanecieron en la memoria de sus alumnos y que su presencia significó mucho más de lo que imaginaba.
Porque hay maestros que enseñan contenidos y hay maestros que, además, dejan recuerdos imborrables.
«Simplemente ser la seño Fer»
Al mirar hacia atrás, Fernanda puede encontrar a aquella joven de 1989 que soñaba con enseñar, que estudiaba con hojas amarillas y una lámpara, que escuchaba a su familia leerle los apuntes y que se aferraba a la posibilidad de alcanzar su título.
Puede recordar los colectivos, las suplencias, las escuelas lejanas, las operaciones, las jornadas de doble turno y los días en que el cansancio seguramente pesaba más que de costumbre.
Pero también puede reconocer a los cientos de niños, adolescentes y adultos que conoció, a los compañeros que se transformaron en amigos y a las familias que hoy le devuelven tanto cariño.
Treinta y tres años después de recibir su título, aquella joven que nunca dejó de intentarlo logró mucho más que desarrollar una carrera docente.
Construyó una historia de vida profundamente ligada a la educación.
En su despedida, dejó una reflexión que resume el sentido de todo ese recorrido:
«No fue fácil llegar, siempre supe que debía intentar y hoy me despido de una vocación que es, fue y será parte de mi vida, de mi corazón…»
Y cerró con una frase tan sencilla como conmovedora:
«Simplemente ser la seño Fer».
Tal vez ahí esté la esencia de su historia.
No en los cargos que ocupó, ni en las escuelas por las que pasó, ni siquiera en los años que dedicó a la profesión.
Sino en ese nombre lleno de afecto con el que tantas generaciones aprendieron a reconocerla.
La seño Fer.
La que nunca bajó los brazos. La que convirtió sus propias dificultades en motivos para seguir adelante. La que encontró en la educación una manera de dar, pero también de recibir amor.
El viernes 30 de octubre se cerró una etapa en la Escuela N° 227. Pero hay cosas que ninguna jubilación puede terminar.
Porque una maestra puede despedirse de su aula, guardar sus materiales y dejar atrás las obligaciones de cada jornada.
Lo que nunca puede dejar atrás es el cariño de quienes aprendieron a su lado.
Y María Fernanda Otero tiene ahora, como una hermosa certeza, el reconocimiento de haber dejado una huella que seguirá viva mucho después de su última campana.
Porque ser la seño Fer nunca fue solamente un trabajo. Fue, es y seguirá siendo una forma de vivir.
