Eduardo Castex, La Pampa sábado, 5 de septiembre de 2026

Bolseros y estibadores: los hombres que cargaron sobre sus hombros una parte de la historia de Castex

Antes de los grandes silos, las tolvas y los modernos sistemas de almacenamiento, el movimiento de la cosecha dependía en buena medida de la fuerza de hombres que cargaban pesadas bolsas sobre sus espaldas. Bolseros, cosedores y estibadores fueron protagonistas de una época del campo castense que permanece en fotografías y en la memoria de quienes alcanzaron a conocer aquel duro oficio.

Hubo un tiempo en Eduardo Castex en que la llegada de la cosecha modificaba por completo el ritmo cotidiano. Desde muy temprano, cuando el calor del verano todavía daba una pequeña tregua, comenzaba una extensa jornada en los campos de la zona.

No existían los sistemas de cosecha, transporte y almacenamiento que hoy permiten mover enormes cantidades de cereal prácticamente a granel. Buena parte de aquel trabajo se hacía bolsa por bolsa y, detrás de cada una de ellas, había hombres encargados de coserlas, levantarlas, cargarlas y acomodarlas.

Las antiguas fotografías conservadas por familias castenses permiten volver sobre aquella historia. Son imágenes de hombres trabajando entre bolsas y enormes estibas que también cuentan cómo funcionaba una actividad fundamental para la economía de Castex y toda la región.

De la trilladora a la bolsa

Una vez realizada la trilla, el cereal era colocado en bolsas. Allí aparecía uno de los primeros oficios de aquella cadena: el de los cosedores.

Con agujas especiales, chatas y ligeramente arqueadas, y utilizando hilo de algodón, cerraban cada bolsa. En ambos extremos dejaban las denominadas «orejas», que posteriormente servían como puntos de agarre para facilitar su manipulación.

Terminada esa tarea, las bolsas caían detrás de la trilladora y quedaban sobre el rastrojo. Otros trabajadores recorrían el campo con un rastrín tirado por caballos y las iban reuniendo hasta formar pilas.

Desde allí comenzaba otro recorrido. Los camiones ingresaban al campo, levantaban la producción y trasladaban las bolsas hacia galpones de almacenamiento o directamente hacia los lugares donde serían preparadas para continuar su viaje.

Todo implicaba esfuerzo físico. Cada bolsa debía levantarse, acomodarse y volver a cargarse varias veces antes de que el cereal abandonara definitivamente la zona.

Los estibadores, especialistas de otro tiempo

Cuando las bolsas llegaban a la estación ferroviaria comenzaba una nueva etapa. Un recibidor y un calador se encargaban de controlar la calidad de las semillas antes de que fueran almacenadas en los galpones del ferrocarril.

Cuando esos enormes depósitos se llenaban y todavía quedaba cereal por guardar, las bolsas comenzaban a acumularse en terrenos cercanos.

Allí entraban en escena los estibadores.

No se trataba simplemente de amontonar bolsas. Construir una estiba requería experiencia y conocimiento. Había que acomodarlas de manera que la estructura permaneciera firme, soportara su propio peso y pudiera mantenerse durante el tiempo necesario hasta que llegara el momento del embarque.

Los hombres cargaban las bolsas al hombro y, mientras la estructura crecía, debían subir cada vez más alto. Para hacerlo utilizaban una gruesa escalera conocida como «burro».

Así, bolsa tras bolsa, iban levantando verdaderas construcciones de cereal.

Las estibas terminaban adquiriendo una forma similar a la de un galpón y eran cubiertas cuidadosamente con lonas para evitar que la humedad perjudicara los granos. Allí podían permanecer hasta que llegara su turno para ser cargadas y transportadas por ferrocarril.

Hombres, bolsas y ferrocarril

La estación fue durante décadas uno de los grandes puntos de movimiento de los pueblos pampeanos. Por allí no solamente circulaban pasajeros: también salía buena parte de lo producido en los campos de la región.

Durante las épocas de cosecha, el paisaje alrededor de las vías era muy diferente al actual. Galpones repletos, camiones llegando desde los campos, bolsas acumuladas y cuadrillas de trabajadores formaban parte de una postal habitual.

En ese escenario, bolseros y estibadores resultaban indispensables.

Su herramienta principal era el propio cuerpo. Espalda, hombros y brazos soportaban durante horas una tarea repetitiva y agotadora. No había cintas transportadoras ni sistemas automatizados capaces de reemplazar ese esfuerzo.

Era un trabajo duro, pero para numerosas familias también representaba una fuente de ingresos en tiempos donde las posibilidades laborales eran muy diferentes a las actuales.

Cuando el progreso terminó con un oficio

La aparición de los elevadores de granos y la progresiva mecanización modificaron para siempre aquel sistema.

El cereal comenzó a manejarse cada vez más a granel y las grandes cantidades de bolsas fueron desapareciendo del circuito agrícola. Con ellas también comenzaron a extinguirse los antiguos oficios vinculados a su manipulación.

Los bolseros y estibadores dejaron lentamente de ser una presencia habitual en estaciones, galpones y campos.

El cambio significó un enorme avance en términos de eficiencia y condiciones de trabajo. Lo que antes necesitaba decenas de hombres y una enorme exigencia física comenzó a resolverse mediante máquinas e instalaciones especialmente diseñadas para almacenar y trasladar toneladas de cereal.

Pero junto con aquella transformación desapareció también una imagen característica de los pueblos agrícolas pampeanos.

Una parte de Castex que permanece en las fotografías

Hoy resulta difícil imaginar aquellas enormes estibas levantadas bolsa por bolsa o las cuadrillas de trabajadores caminando con el cereal sobre los hombros.

Las fotografías antiguas permiten dimensionarlo.

Detrás de esas imágenes no solamente aparece una forma diferente de trabajar el campo. También están los hombres que hicieron posible que la producción pudiera salir de las chacras, llegar hasta el ferrocarril y continuar viaje hacia otros destinos.

Muchos nombres quizás se fueron perdiendo con el paso de las generaciones. Sin embargo, el oficio quedó incorporado a la memoria colectiva de Eduardo Castex.

Porque la historia de un pueblo no está formada únicamente por grandes acontecimientos, edificios o personajes reconocidos. También se construye a partir de los trabajos cotidianos y de aquellos hombres y mujeres que, muchas veces de manera anónima, acompañaron su crecimiento.

Los bolseros y estibadores fueron parte de ese Castex.

Un Castex de trilladoras, galpones ferroviarios y largas jornadas de verano; de bolsas cosidas a mano, escaleras de madera y cereal cargado sobre la espalda.

Una época que desapareció con el progreso, pero que todavía sobrevive cada vez que una vieja fotografía vuelve a ponerse delante de nuestros ojos.